jueves, 30 de junio de 2011

Leer en el final de los tiempos

Para muchos vivimos en un cambio de época, pero también en una época de cambio. Los signos, sin embargo, de que la cosa es bastante seria, estarán todos de acuerdo, ha sido no tanto la aparición sino la aparente generalización de un artefacto con ribetes demoniacos: el libro electrónico. Aunque este aparato no es sino un escalón más en la progresiva evaporización del mundo, posee una altísima carga simbólica. Y es que el libro se consideraba como el producto cultural por excelencia, el vehículo privilegiado del conocimiento. Pese a que este vehículo había experimentado a lo largo de los siglos distintas transmutaciones y actualmente vivía un periodo de hiper inflacción nunca se había visto frente a su más que posible disolución en forma de bits, esa retahíla insolente de unos y ceros (o algo por el estilo, que lo mismo da). ¡Esto es un signo indiscutible del fin de los tiempos! El último escalón de la deshumanización en la era de la Técnica tantas veces anunciado. Se hace necesario, por tanto, crear células de resistencia política y cultural. Los últimos lectores deben reunirse para leer los últimos libros en el último rincón del planeta. Porque la lectura de un buen libro en un insustituible formato de papel se está convirtiendo en todo un gesto de resistencia. Y es que en el futuro leer un libro que no sea gracias a la intermediación de alguna dichosa pantallita podría considerarse, además, un gesto provocador y hasta peligroso (todo llegará).
El libro digital elimina dos de las condiciones esenciales de la existencia: la temporalidad y la materialidad. Un libro digital no envejece con el dueño, permanece en un estado estacionario que termina convirtiéndose en inerte. NO ES porque ha quedado reducido a un código nanométrico solo descifrable por una terminal multiusos. El apocalipsis es entonces la desmaterialización y la atemporalidad (no otra cosa es el universo digital que se nos avecina).
Por eso hemos acuñado un término que describa este periodo convulso y que al mismo tiempo nos sirva como referente ético y estético: el apocalipticismo. Cualquier movimiento cultural que se precie ha tratado de colar algún “ismo” en la ya larga nómina de estilos, géneros y tendencias. No tenemos constancia de que este haya sido registrado o si lo ha hecho la urgencia de estos tiempos justifica su reapropiación inmediata. Así que podemos quedar en que el apocalipticismo es una estética del final y una ética de la resistencia. Leer un libro impreso es ya ambas cosas.
El apocalipticismo es extremo, paradójico, patafísico, sentimental, libertino, procaz... Los últimos lectores que se reúnen para leer los últimos libros en el final de los tiempos tienen una vocación eminentemente trágica. Participan de una idea casi romántica de la existencia, conscientes de que son una especie condenada a la extinción en medio de este mar de estupidez generalizada. Es una actitud vital y una forma de despistar que, al contrario de lo que alguno podría pensar, ama profundamente la vida y dos de sus manifestaciones más preclaras: la risa y la alegría. No hay otro modo de encarar estos tiempos postreros: con un libro impreso en la mano y grandes dosis de humor apocalíptico (al menos justo una hora antes de que todo se vaya al garete).


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